Él caminaba solo por las tardes, la ciudad era nueva y hostil para él, él venía del campo y trabajaba duro para sobrevivir. Un día cualquiera visitó ese nuevo restaurante, la vio a ella, ella lo atendió con su natural delicadeza.
Un día, otro más y otro más fueron sumando, no pasaron muchos para que él diera otro paso, la invitó a salir y un día se casaron, lo celebraron con un desayuno, el pan y el chocolate serían los únicos testigos de su amor enrevesado.
Él juró amarla para siempre, ella juró cuidarlo hasta la muerte, pasaron juntos todas las vicisitudes y alegrías, tuvieron un hijo, otro y otro más, la humilde choza se convirtió en hogar de muchos, hijos, tíos, sobrinos, nietos y bisnietos llegaron hasta allí a celebrar.
Pero toda historia feliz o triste ha de terminar, él en sus últimos días de conciencia aún le daba besos y sorbitos, ella hasta él último suspiro fue su apoyo y su moral. Ambos cumplieron su promesa y solo La Parca y sus caprichos los pudieron separar.
Camilo J.
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